PG cerró la maleta y la empujó.
La maleta marrón se deslizó torpemente por la cama y calló al suelo.
Golpe seco.
Como si estuviera llena de clavos.
Pero la verdad es que estaba prácticamente vacía. PG ya no tenía nada más que calcetines viejos, unos cuantos libros y unos cuantos papeles del banco.
La desidia pesa mucho.
Dio una vuelta por el apartamento.
La cama, donde había hecho el amor, sin amor.
La cocina, donde había comido sin hambre.
El sofá, donde había tocado fondo los domingos.
Y la ventana, donde había fantaseado con chicas rubias y el amor verdadero.
Madrid era una ciudad demasiado cara para PG. Agarró la maleta, cerró la puerta y dejó las llaves en portería.
La nueva inquilina no llegaría hasta algunos días después. Se llamaría, pongamos, W, y tendría la cabeza llena de pájaros al revés. Como los dibujos más sencillos de los pájaros volando, dados la vuelta.
Fue una pena que PG y W no hubieran coincidido en el portal, quizás hubiera sido un flechazo. A lo mejor PG se hubiera enamorado de la risueña W y puede que a W le hubiera cegado la encantadora melancolía de PG.
Pero PG salió del portal una mañana y W tardó algo de tiempo en llegar.
Además, llegó por la noche.
La despedida de PG no fue triste, no tenía grandes amigos a los que decir adiós.
Yo le conocía bien y me hubiera gustado fumarme un último cigarro con él, pero PG nunca me avisó, y cuando quise darme cuenta ya se había ido.
Pasé por allí y W tenía colgada ropa limpia en el tendedero. Ropa interior.
W lo colgaba todo fuera, se ve que no tenía nada que esconder.
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miércoles, 3 de noviembre de 2010
lunes, 23 de agosto de 2010
El segundo previo a un beso.
Situación: PG hace la colada en una lavandería próxima a su edificio, como en las series americanas. (¿Por qué nadie tiene una lavadora en su casa?)
Estado anímico: Aburrido y melancólico. Es lunes y como todos los lunes, plantea nuevos objetivos para afrontar la semana con una entereza pasmosa. Suelen llegar a su cumbre el viernes, o quizás el sábado, el domingo se desploman, y el lunes, vuelven a resurgir con la taza de café de primera hora de la mañana.
¿Por qué está allí?: Porque tiene que estar en algún sitio, haciendo cosas productivas (me imagino).
¿Quién está con él?: La vecina del sexto (en su casa tampoco hay lavadora), que es una cuarentona con hijos, gorda y familiar, feliz en sus quehaceres y que lava con un mimo asombroso las camisas de su hijo mayor, tarareando una vieja canción de los Bee Gees (You should be dancing). PG no tiene ni idea de qué tararea la mujer.
Me imagino - piensa PG observando a la vecina - que el ser humano tiene una capacidad pasmosa de sobreponerse a cualquier cosa que le pase. La gente baila poniendo la lavadora un lunes por la mañana. Todo eso tiene un sentido evidente, un impulso recóndito que siempre busca la sonrisa en la cara interna del corazón, ese torrente de emoción líquida que se lleva por delante toda la estupidez ciega cuando, fuera, hace tanto sol...
¿Cómo se llama eso?
Una adrenalina parecida a la bajada inminente de una montaña rusa, como el segundo previo a un beso.
Un impulso imparable en la razón de saber, que, inevitablemente, mañana será ayer dentro de tres días. Y ayer siempre pierde peso, porque es intangible y no se puede rebobinar.
- Puedes llamarlo cualquier cosa. Llámalo X, llámalo carácter, valor, arrojo, energía, esperanza, ilusión...o sólo vida - le sugiero yo.
- Eso está bien, me vale - piensa PG mientras observa a su absorta vecina bailando mientras echa suavizante en la lavadora, un lunes a las 9 de la mañana.
Estado anímico: Aburrido y melancólico. Es lunes y como todos los lunes, plantea nuevos objetivos para afrontar la semana con una entereza pasmosa. Suelen llegar a su cumbre el viernes, o quizás el sábado, el domingo se desploman, y el lunes, vuelven a resurgir con la taza de café de primera hora de la mañana.
¿Por qué está allí?: Porque tiene que estar en algún sitio, haciendo cosas productivas (me imagino).
¿Quién está con él?: La vecina del sexto (en su casa tampoco hay lavadora), que es una cuarentona con hijos, gorda y familiar, feliz en sus quehaceres y que lava con un mimo asombroso las camisas de su hijo mayor, tarareando una vieja canción de los Bee Gees (You should be dancing). PG no tiene ni idea de qué tararea la mujer.
Me imagino - piensa PG observando a la vecina - que el ser humano tiene una capacidad pasmosa de sobreponerse a cualquier cosa que le pase. La gente baila poniendo la lavadora un lunes por la mañana. Todo eso tiene un sentido evidente, un impulso recóndito que siempre busca la sonrisa en la cara interna del corazón, ese torrente de emoción líquida que se lleva por delante toda la estupidez ciega cuando, fuera, hace tanto sol...
¿Cómo se llama eso?
Una adrenalina parecida a la bajada inminente de una montaña rusa, como el segundo previo a un beso.
Un impulso imparable en la razón de saber, que, inevitablemente, mañana será ayer dentro de tres días. Y ayer siempre pierde peso, porque es intangible y no se puede rebobinar.
- Puedes llamarlo cualquier cosa. Llámalo X, llámalo carácter, valor, arrojo, energía, esperanza, ilusión...o sólo vida - le sugiero yo.
- Eso está bien, me vale - piensa PG mientras observa a su absorta vecina bailando mientras echa suavizante en la lavadora, un lunes a las 9 de la mañana.
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PG
martes, 10 de agosto de 2010
Mensaje en el contestador automático de PG.
Hoy no.
Hoy no voy a hacer algo que te puedas esperar.
Te escribí. Distinto. No quiero hacer algo mediocre, nada que puedas leer deprisa y decir: ya está.
Y no te confundas. No me importaría que te resultara fácil si al realizar la última pausa del punto final te mordieras los labios, respiraras hondo y te relamieras con cada una de las vocales que conformaran un escrito a base de palabras sencillas, ordenadas con tanto mimo que el resultado fueras tú mordiéndote los labios.
Y así no me importaría que te pareciese fácil porque nunca he conocido un placer que me resultara difícil.
Siempre que habláramos de placeres, claro.
Lo mismo que pienso del arte, de la música, de los viajes e incluso, de mí misma.
No me gustaría que pasaras por mis geografías como si yo fuese alguien mediocre, alguien que en un atisbo de prisa ya está. Y no, no te confundas. La verdad es que no me importaría absolutamente nada lo fácil que te resultara siempre y cuando descubrieras a tiempo que lo difícil iba a ser parar. Y entonces, al realizar la última pausa de mi punto final, te mordieras los labios, respiraras hondo y te relamieras con cada una de las imágenes congeladas en tu mente, en un orden ilógico y en un escalafón inexistente, porque ya sabes que la memoria es selectiva e imposible de desafiar. Y te acordaras de todo aquello que inventamos a oscuras, en algún punto entre tu mente y mis pies.
Si me llamas de vuelta, que no te tiemble la voz.
Esta vez no voy a probar suerte, esta vez me lo he aprendido de 10.
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PG
viernes, 23 de julio de 2010
Memorias de un verano en Madrid, o no.
PG mudó de piel como una serpiente. Se quitó los zapatos. Mulló los cojines.
Después se durmió.
Y soñó cosas extrañas; festivales, luces de colores, música atronadora, conciertos llenos de fans eufóricos y de otros que se inventaban las canciones. Gente por todas partes; hordas, dibujadas, incluso, en las sonrisas de los demás. La masa conducía a PG a no sentirse solo. Deliraba con mujeres de faldas cortas, inglesitas de pelo dorado y piel con tonos variando entre el blanco nuclear y el rojo calcinado. Pero nunca las miraba a los ojos, PG estaba sin estar; dormía, despierto, en aquel lugar que no era más que una realidad que preferiría estar soñando.
Como el murmullo de la música de fondo; las canciones de amor, como todas.
Ojalá las estuviera soñando.
Después se durmió.
Y soñó cosas extrañas; festivales, luces de colores, música atronadora, conciertos llenos de fans eufóricos y de otros que se inventaban las canciones. Gente por todas partes; hordas, dibujadas, incluso, en las sonrisas de los demás. La masa conducía a PG a no sentirse solo. Deliraba con mujeres de faldas cortas, inglesitas de pelo dorado y piel con tonos variando entre el blanco nuclear y el rojo calcinado. Pero nunca las miraba a los ojos, PG estaba sin estar; dormía, despierto, en aquel lugar que no era más que una realidad que preferiría estar soñando.
Como el murmullo de la música de fondo; las canciones de amor, como todas.
Ojalá las estuviera soñando.
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PG
viernes, 2 de julio de 2010
Memorias de un verano en Madrid
Decía Victor Hugo que la melancolía es la felicidad de estar triste.
Al protagonista, llamémosle PG, le gustaba. Le gustaba saber que existía una felicidad por estar triste. Era una felicidad extraña, imposible. PG siempre había sido de imposibles, aunque no hubiera leído a Victor Hugo. Ahora, cuando le preguntaran, hablaría de Victor Hugo como un icono en su vida, un mito, aunque no tuviera ni puta idea. Eso era lo de menos, porque tenía la frase. La copiaría en los márgenes de los libros y la adoptaría como suya. Se haría el interesante en las conversaciones aunque no viniese a cuento, estaría charlando con alguien, miraría al infinito y diría: ¿Sabes?, decía Victor Hugo que la melancolía es la felicidad de estar triste.
Y mejor aún, lo diría en francés.
La mélancolie c'est le bonheur d'être triste.
Lo diría con acento chirriante y español, se le trabaría el verbo être y terminaría con la boca pequeña y algo de vergüenza. Después clavaría los ojos en su adversario a punto de reírse y con la cabeza bien alta diría: ¿Qué pasa? es el acento de la Bretaña francesa.
Entonces, ya habría ganado, al menos en su cabeza.
Era un día de tormenta. PG tenía sueño, un poco de pena y bastante de soledad. Y para más inri, a PG le encantaba flagelarse en su tiempo libre. Aquella frase iba a ser como una droga, el pobre PG ya estaba perdido. Me hubiera encantado charlar con él y que me soltara la frasecita. Entonces yo le habría agarrado por los hombros, le habría zarandeado varias veces y le hubiera dicho: mira PG, eres gilipollas, deja de pensar en la felicidad de estar triste porque es una utopía. No puedes ser feliztriste. ¿Cómo estás? Feliztriste. No jodas, PG, has perdido el juicio. Y él miraría al infinito y me diría: no comprendes la esencia de Victor Hugo.
Ésta sí que sería una batalla.
Pero claro, PG sale de mi mente, muy ufano, descubriendo a ese novelista francés por culpa de un libro que no devolví. PG es fruto de una multa, es un canalla y tiene sueño.
Irremediablemente, hoy le caigo fatal.
Vamos PG, voy a darte otra oportunidad.
Victor Hugo también daba este consejo; los que padecéis porque amáis: amad más todavía; morir de amor es vivir.
Al protagonista, llamémosle PG, le gustaba. Le gustaba saber que existía una felicidad por estar triste. Era una felicidad extraña, imposible. PG siempre había sido de imposibles, aunque no hubiera leído a Victor Hugo. Ahora, cuando le preguntaran, hablaría de Victor Hugo como un icono en su vida, un mito, aunque no tuviera ni puta idea. Eso era lo de menos, porque tenía la frase. La copiaría en los márgenes de los libros y la adoptaría como suya. Se haría el interesante en las conversaciones aunque no viniese a cuento, estaría charlando con alguien, miraría al infinito y diría: ¿Sabes?, decía Victor Hugo que la melancolía es la felicidad de estar triste.
Y mejor aún, lo diría en francés.
La mélancolie c'est le bonheur d'être triste.
Lo diría con acento chirriante y español, se le trabaría el verbo être y terminaría con la boca pequeña y algo de vergüenza. Después clavaría los ojos en su adversario a punto de reírse y con la cabeza bien alta diría: ¿Qué pasa? es el acento de la Bretaña francesa.
Entonces, ya habría ganado, al menos en su cabeza.
Era un día de tormenta. PG tenía sueño, un poco de pena y bastante de soledad. Y para más inri, a PG le encantaba flagelarse en su tiempo libre. Aquella frase iba a ser como una droga, el pobre PG ya estaba perdido. Me hubiera encantado charlar con él y que me soltara la frasecita. Entonces yo le habría agarrado por los hombros, le habría zarandeado varias veces y le hubiera dicho: mira PG, eres gilipollas, deja de pensar en la felicidad de estar triste porque es una utopía. No puedes ser feliztriste. ¿Cómo estás? Feliztriste. No jodas, PG, has perdido el juicio. Y él miraría al infinito y me diría: no comprendes la esencia de Victor Hugo.
Ésta sí que sería una batalla.
Pero claro, PG sale de mi mente, muy ufano, descubriendo a ese novelista francés por culpa de un libro que no devolví. PG es fruto de una multa, es un canalla y tiene sueño.
Irremediablemente, hoy le caigo fatal.
Vamos PG, voy a darte otra oportunidad.
Victor Hugo también daba este consejo; los que padecéis porque amáis: amad más todavía; morir de amor es vivir.
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