Al pasar por San Ildefonso, me di cuenta de que ya no era verano.
El último verano en Madrid, donde nunca era lunes ni martes, ni miércoles. Siempre era sábado en San Ildefonso, un sábado infinito lleno de gente bebiendo cerveza, de chicos con gafas de pasta y zapatos italianos - o que podían haber sido italianos - y chicas con lencería de encaje debajo de los vaqueros. Y a lo mejor ni siquiera era así. Pero en mi memoria, siempre era sábado y saboreábamos cerveza helada para no pensar en toda la mierda que teníamos encima. Es posible, que ni siquiera la cerveza estuviera tan helada y que parte de esto venga de mi memoria decorativa.
Pero el viernes, en San Ildefonso, ya no era sábado y no hacía calor.
Jugamos a reinventarnos con las estaciones,
llega el invierno y nos tiramos en trineo en una nieve que no tenemos,
la misma nieve, de muñecos con sombrero y zanahoria por nariz. La mirada abotonada y los brazos raquíticos de ramas que no pueden doblarse, que nunca se doblan; que nunca podrán abrazar.
Y cuando se va,
arena de castillos, del bañador de rayas del padre; arquitecto sin traje, ni escuadra, ni planos, que dirige el alzado de las torres y supervisa el transvase de agua al foso, porque ese siempre fue su papel el verano en el que los niños aún son chicos.
Tiene sentido hacerlo así, hay una lógica aparente. Y a pesar de todo, al cruzar San Ildefonso llena de policía, con pantalones largos y bufanda, empecé a pensar que quizás no sería tan bueno tener que reinventarse, sin haberse inventado nada, ni tan absurdo dejarse llevar por el viento fuese invierno o primavera, fuese levante o tramontana. Porque aquí casi nunca nieva en navidad, y cuando lo hace, salimos todos a llenar de botones y sombreros muñecos de nieve salidos de películas americanas. No sé por qué nunca son castillos y palacios de cristal de El cascanueces, ni muñecos de nieve con pelucas y conchas de la playa en los ojos, o coronas y gafas de sol, o un pelo eléctrico con espumillón robado del árbol de navidad.
Podría jugar a esto toda la vida, incansable. Porque siempre me gustó el invierno y pensar que, al otro lado del mundo, hay gente que vive al revés, mientras yo estoy en pijama a estas horas que robo de mi sueño con los pies helados. Ahora mismo, hay niños bañándose en el mar y madres en la orilla intentando darles la merienda.
Podría jugar a esto toda la vida, buscándolo, buscándole,
recorrer el mundo para hacer una pregunta
y quizás ya tenga respuesta.
¿Quién sabría inventarse un muñeco de nieve en la playa?
martes, 27 de diciembre de 2011
jueves, 22 de diciembre de 2011
El año que me rehice a mí misma
"Puede pasar de todo, ¿verdad? Cualquier cosa.Y este era el gran secreto del 2011. No importa que no lo supiera porque en realidad, tampoco le habría hecho mucho caso. Y porque la segunda parte del gran secreto era aprender a vivir viviendo. Nunca había hecho un balance al final del año, quizás porque soy una persona muy nostálgica, y ya hacía demasiados balances a lo largo del año, quizás porque me preocupaba más salir corriendo y abrazar a la gente que quería, darle un beso a mi padre después de las campanadas y que él me dijera "feliz año, Clarita", con esa sonrisa que sólo tiene la persona que piensa que, con todo, eres la niña más guapa, la más lista; la mejor. Me encantaba la sensación de cambio que iba implícita con avanzar un año, aunque la línea divisoria fuera tan fina como el minuto de las 23:59 de la noche del 31 de diciembre. Y brindar, dejar atrás todo aquello en lo que no había querido ni pensar, sonreírle al mundo como el saltador de trampolín cuando sube la escalera, como el pintor ante el lienzo en blanco o el escritor que aún tiene toda una historia por deshilvanar.
Puedes amar tanto a una persona que tan solo el miedo a perderla haga que lo jodas todo y acabes perdiéndola. Puedes despertarte al lado de alguien a quien hace unas horas ni siquiera habías imaginado conocer y mírate ahora. Es como si alguien te regalara uno de esos puzzles con piezas de un cuadro de Magritte, de la foto de unos ponys o de las cataratas del Niágara; y se supone que ha de encajar, pero no." - Cosas que nunca te dije
Así empezaba yo el 2011, descorchando una botella que celebraba que creía tenerlo todo. Si cierro los ojos aún puedo verme sentada en el diván de mi habitación, a mediodía. Me quité un zapato, lo dejé caer contra el suelo y saltó el confeti desde dentro. Me hizo gracia. Nunca lo compartí con nadie.
Fue uno de los segundos más bonitos del año.
Empecé a correr con los días, con los planes, me aferré a mimar lo que tenía. Es muy importante cuidar a quien se quiere, aunque no siempre cuidar sea sinónimo de retener, de crecer, de ser feliz. Quizás no lo era tanto, quizás siempre tuve miedo y aunque creí que volaba alto, tenía siempre la mirada clavada en el suelo. No se puede tener todo, si se vuela, se pierden los matices de la vida que nunca se para allí abajo.
Algo se rompió.
No sé cómo, ni sé por qué. Y fue fulminante, no pude hacer nada. Me di cuenta de que llevaba mucho tiempo intentando curar algo que sabía que estaba enfermo.
Y así, aterrizando forzosamente, me dejé caer al vacío y durante mucho tiempo, no supe si sería capaz de volver a volar. Fui vértigo y terminé creyendo, que después de todo, abajo tampoco se estaba tan mal. Me convertí en una de esas personas que por más que se rían, tienen la sonrisa triste, y aunque se abracen a mil cuerpos, siempre tienen el alma helada.
Desde entonces, no he vuelto a pronunciar un te quiero,
pero he sabido rehacerme.
Después de aquel verano y aquellas gafas de sol para ocultar los días tristes, me fui. Fue entonces cuando llegó París,
París, su frío, su lluvia, su vaho en los cristales, sus doce millones de habitantes,
y con ello, sus lamparitas amarillas, sus cafés en rincones secretos, su magia escondida en los términos de guías turísticas que no importan a nadie; la ciudad de la luz, la ciudad del amor.
Volví a reírme,
a tener hipo de tanto reírme...
a fascinarme otra vez,
con el arte, con la literatura, con la música,
y también con las personas.
2011 hizo que me cruzara con personas maravillosas, personas nuevas que me hicieron abrir los ojos,
y las de siempre, que tuvieron paciencia, hasta que fui capaz, no sólo de reírme, sino de hacerles reír. No sólo de dejarme llevar con ellos, sino de inventarme la dirección, salir corriendo sin rumbo, porque 2011 también me enseñó que llevar una brújula no te asegura el no perderte. Así que no la llevo, porque las mejores cosas de este año, vinieron justo, de todo lo contrario a mis planes.
Termina el año, y vuelvo a ser el saltador de trampolín cuando sube la escalera, el pintor ante el lienzo en blanco y el escritor que aún tiene toda una historia por deshilvanar. Vuelvo a estar en Madrid, sentada en mi diván como el primer día del año, escuchando Ludovico Einaudi, como siempre había hecho; al final, el invierno se llevó la primavera.
Este año, estaré en París empezando el 2012, y aunque no podré darle un beso a mi padre y que me diga "feliz año, Clarita" con los ojos achinados, me hace ilusión comenzar el año en el sitio en el que volví a empezar. Así se queda el 2011.
"Qué contenta se te ve", me dicen.
"Quién lo diría", me digo.
y al 2012... lo espero...
http://www.youtube.com/watch?v=eb7EyoG02sg
jueves, 17 de noviembre de 2011
Cosas que aprendí de la calma
Aquí estoy hoy, jueves, mediados de noviembre, en algún punto entre París y no importa dónde, jugando al desdoble, y no a la ambigüedad. Hacía tiempo que no estaba sola, y lo digo así - sola - porque no sé cuánto tiempo he pasado tratando de estar sola sin todas las palabras que llevaba implícitas en mis brazos y en mis manos, sin el ansia de arrancarme la ropa y con ella la herida, sin la mirada perdida en los ojos de aquellos que sin importarme, estaban ahí, tratando de decírmelo; que estaban ahí aunque yo no pudiera verlo. Aquí estoy, sola, en tierra firme y en medio de este frío, en este noviembre gélido, sin el amor blindado ni el peso de la coraza de hierro que yo sola construí, por el miedo a que las palabras fueran flechas y los besos, proyectiles y heridas de bala.
Y aquí estoy, sola, sin la necesidad de demostrarle a nadie que soy feliz, que no quiero que alguien se quite el abrigo para ponérmelo sobre los hombros en una tarde helada como esta, que soy fuerte, que voy por libre. He perdido aquella máscara de ni siento ni padezco. Claro que siento y padezco, y tirito, porque nunca se me dio bien el frío y me gusta demasiado hablar para poder ir por libre. Hablar y reírme en las conversaciones, y hablar con los ojos, hablar con las manos, hablar con los cuerpos. ¿Quién puede ir por libre, y no abrazar a un alma, besar un costado, abrigar a un corazón helado? No siempre es el nuestro el que más lo necesita.
Y a pesar de ello, y aunque podría elegir no estarlo, estoy sola, pero también estoy conmigo porque sé quién soy. Por fin soy la calma, esa que siempre quise ser, aunque nunca fue el papel que me dieron.
Me esforcé por ser la calma, la voz tranquila, la persona que te acariciaría el pelo en el sueño intermitente, los brazos que siempre te llevarían a casa. Pero no lo fui.
Ahora, como si fuera mi estado natural, soy la calma y no sé cómo lo hago. Estoy tranquila, disfruto del tiempo, disfruto de mí y de las tardes como esta, incluso disfruto del frío, aunque quien me conoce sabe que sólo es porque me encantan las mañanas de edredón y dibujar en los cristales llenos de vaho.
Me hace gracia, nunca me había dado cuenta de que la calma, llegaría sigilosa, tranquila, haciéndose eco de sí misma, en calma.
Y ahora que al fin soy la calma, vuelvo a querer ser el rayo, la prisa, el ansia de hacer todo al mismo tiempo. Las ganas de vivir volando, de construir palacios de último minuto y coronar reyes, de estar en primera fila de todos los conciertos, de todos los bailes y ser la última en amanecer en las mañanas de domingo, o las tardes, a veces, porque no importa a quién encarne, al final, siempre sigo siendo yo, aunque distinta. Hay muchas maneras de reconocernos. Y me reconozco, aunque quién diría que fuera capaz de disfrutar así de una tarde como esta.
Ni yo misma, y lo soy.
Y volveré a ser la tempestad el día que alguien me coja de la cintura y me agite el alma. Que no es necesario blindarse. Que no está está prohibido amar, pero tampoco es obligatorio. Sólo es de verdad el amor cuando es inherente.
Y aquí estoy, sola, sin la necesidad de demostrarle a nadie que soy feliz, que no quiero que alguien se quite el abrigo para ponérmelo sobre los hombros en una tarde helada como esta, que soy fuerte, que voy por libre. He perdido aquella máscara de ni siento ni padezco. Claro que siento y padezco, y tirito, porque nunca se me dio bien el frío y me gusta demasiado hablar para poder ir por libre. Hablar y reírme en las conversaciones, y hablar con los ojos, hablar con las manos, hablar con los cuerpos. ¿Quién puede ir por libre, y no abrazar a un alma, besar un costado, abrigar a un corazón helado? No siempre es el nuestro el que más lo necesita.
Y a pesar de ello, y aunque podría elegir no estarlo, estoy sola, pero también estoy conmigo porque sé quién soy. Por fin soy la calma, esa que siempre quise ser, aunque nunca fue el papel que me dieron.
Me esforcé por ser la calma, la voz tranquila, la persona que te acariciaría el pelo en el sueño intermitente, los brazos que siempre te llevarían a casa. Pero no lo fui.
Ahora, como si fuera mi estado natural, soy la calma y no sé cómo lo hago. Estoy tranquila, disfruto del tiempo, disfruto de mí y de las tardes como esta, incluso disfruto del frío, aunque quien me conoce sabe que sólo es porque me encantan las mañanas de edredón y dibujar en los cristales llenos de vaho.
Me hace gracia, nunca me había dado cuenta de que la calma, llegaría sigilosa, tranquila, haciéndose eco de sí misma, en calma.
Y ahora que al fin soy la calma, vuelvo a querer ser el rayo, la prisa, el ansia de hacer todo al mismo tiempo. Las ganas de vivir volando, de construir palacios de último minuto y coronar reyes, de estar en primera fila de todos los conciertos, de todos los bailes y ser la última en amanecer en las mañanas de domingo, o las tardes, a veces, porque no importa a quién encarne, al final, siempre sigo siendo yo, aunque distinta. Hay muchas maneras de reconocernos. Y me reconozco, aunque quién diría que fuera capaz de disfrutar así de una tarde como esta.
Ni yo misma, y lo soy.
Y volveré a ser la tempestad el día que alguien me coja de la cintura y me agite el alma. Que no es necesario blindarse. Que no está está prohibido amar, pero tampoco es obligatorio. Sólo es de verdad el amor cuando es inherente.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Montmartre
Cae la noche y las casas de París encienden mil ventanas amarillas. En las escaleras del Sacre Coeur se arremolinan los turistas, los músicos, los vendedores de cerveza, los que celebran cualquier cosa con una botella de vino, y también los que no celebramos nada.
No siempre hace falta.
Con el otoño, los días más cortos y el viento de noviembre el mejor sitio para quedarse helado es éste, justo al pie del París que me enseñó Cortázar.
Los que lo sabemos, subimos hasta aquí a celebrar sólo eso; que lo sabemos y que quizás el sitio más bonito para saberlo sea éste.
Con el otoño y el existencialismo impasible, vuelven las preguntas y el juego favorito de los escépticos, me muerdo la lengua e intento privarme de que las cosas importen, porque cuando no importan es más fácil saltar sin red.
Pero siempre importan.
Por eso me pinto los labios, bajo las escaleras corriendo y salgo a dejarme fascinar, atravieso el Sena de noche y me diluyo en el reflejo de una luna que no siempre está aunque la busque. Hago equilibrios entre la curiosidad que mató al gato y la que le enamoró. Saco la espada, me bato en duelo.
Me viene a la cabeza Carmen, morir matando, y salto al vacío.
Cae la noche, y elijo con cuidado el sitio más bonito para no decirle cosas al oído a nadie.
Esta noche no.
Esta noche, como todas, París enciende sus mil ventanas amarillas, las mismas para la gente corriente e incorriente, las mismas para aquellos que venimos a mirar y a inventarnos personajes por detrás de los balcones.
Es más fácil desde aquí.
Desde estas escaleras todo se reduce a bloques llenos de ventanas amarillas, y luces blancas y rojas de coches que se dirigen a otros bloques llenos de ventanas amarillas.
El tiempo también lo hace, también reduce todo a ventanas amarillas,
a las que permanecen encendidas,
y a las que se encendieron cuando otras nos dejaron a oscuras.
(Siempre te hago caso)
No siempre hace falta.
Con el otoño, los días más cortos y el viento de noviembre el mejor sitio para quedarse helado es éste, justo al pie del París que me enseñó Cortázar.
Los que lo sabemos, subimos hasta aquí a celebrar sólo eso; que lo sabemos y que quizás el sitio más bonito para saberlo sea éste.
Con el otoño y el existencialismo impasible, vuelven las preguntas y el juego favorito de los escépticos, me muerdo la lengua e intento privarme de que las cosas importen, porque cuando no importan es más fácil saltar sin red.
Pero siempre importan.
Por eso me pinto los labios, bajo las escaleras corriendo y salgo a dejarme fascinar, atravieso el Sena de noche y me diluyo en el reflejo de una luna que no siempre está aunque la busque. Hago equilibrios entre la curiosidad que mató al gato y la que le enamoró. Saco la espada, me bato en duelo.
Me viene a la cabeza Carmen, morir matando, y salto al vacío.
Cae la noche, y elijo con cuidado el sitio más bonito para no decirle cosas al oído a nadie.
Esta noche no.
Esta noche, como todas, París enciende sus mil ventanas amarillas, las mismas para la gente corriente e incorriente, las mismas para aquellos que venimos a mirar y a inventarnos personajes por detrás de los balcones.
Es más fácil desde aquí.
Desde estas escaleras todo se reduce a bloques llenos de ventanas amarillas, y luces blancas y rojas de coches que se dirigen a otros bloques llenos de ventanas amarillas.
El tiempo también lo hace, también reduce todo a ventanas amarillas,
a las que permanecen encendidas,
y a las que se encendieron cuando otras nos dejaron a oscuras.
(Siempre te hago caso)
jueves, 3 de noviembre de 2011
Seis, y la carta definitiva.
Y así pasó medio año, con la de días que supone medio año. ¿Sabes cuántos son? son 183. 183 días que pasé sin saber cómo estuviste, qué hacías, dónde estabas. Hoy quise hablarte. Hoy quise contarte que durante 183 días viví subida en una montaña rusa, te quise, te odié, y a veces, te quise en otros. Me acordé de ti y hubiera vendido mi alma al diablo por no recordarte nunca. No sabes lo que me hubiera gustado enseñarte las cosas que vi, la música que escuché, presentarte a gente que conocí por el camino, descubrirte París desde mis ojos.
¿Cómo hubieran sido estos 183 días? Eso, GS, ya nunca lo sabremos. No sé si seguiríamos riéndonos de cuando me dormía la siesta como un bicho bola, o si nos habría cansado tanto reírnos de lo que ya perdió la gracia.
Supongo, que nada de esto importa en noviembre.
Hoy quise rendirte homenaje de alguna manera, porque si un día me hiciste polvo, aprendí que del polvo pueden hacerse castillos.
Y si un día me hiciste polvo, salí volando con el aire.
De aquello ya no quiero acordarme.
Ya no me acuerdo.
Y sin embargo, sí me acuerdo de lo que comimos algunos días, me acuerdo de tu manera de contestar el teléfono, me acuerdo de Berlín, o quizás fuera en Praga, cuando pinté un cuadro invisible en un caballete que encontramos en una plaza donde había una catedral.
Cómo nos quisimos, acuérdate de cómo nos quisimos.
Hoy quise recordarte, rendirte homenaje sin que lo supieras, pensar en ti al pasar por el Pont d'Aleixandre III y sentirme tranquila al estar segura de que estás bien, que siempre lo estuviste, y que yo, después de todo, también lo estoy.
Cuántas chorradas se acumulan con el tiempo, ¿verdad?
Aún tengo aquella caja de lata con los dibujos que pintaste en las servilletas de los bares que nos vieron querernos. Parece mentira, que con el tiempo, todo pueda reducirse a una caja de lata debajo de mi cama de Madrid. Parece mentira que, con lo que te lloré, hoy te sonría, y con todo lo que me dolió la herida, hoy sólo quede esta costura tan fea; la etiqueta del precio que se paga por las cosas más bellas.
Hoy, 183 días después, tengo dos regalos para ti, si es que en algún día caes por aquí cuando yo no pueda saberlo. Dos, que estuvieron implícitos en mis 183 días, que seguirán en el 184 y en el 185, y que seguirán, también, el día en que ya no te escriba ni una carta más, cuando tu voz se diluya en el letargo del amanecer en otra cama, con otro alguien que se ría de mis despertares insoportables.
http://boppin.com/poets/prevert.htm
http://www.youtube.com/watch?v=Uffjii1hXzU&ob=av3n
C.
¿Cómo hubieran sido estos 183 días? Eso, GS, ya nunca lo sabremos. No sé si seguiríamos riéndonos de cuando me dormía la siesta como un bicho bola, o si nos habría cansado tanto reírnos de lo que ya perdió la gracia.
Supongo, que nada de esto importa en noviembre.
Hoy quise rendirte homenaje de alguna manera, porque si un día me hiciste polvo, aprendí que del polvo pueden hacerse castillos.
Y si un día me hiciste polvo, salí volando con el aire.
De aquello ya no quiero acordarme.
Ya no me acuerdo.
Y sin embargo, sí me acuerdo de lo que comimos algunos días, me acuerdo de tu manera de contestar el teléfono, me acuerdo de Berlín, o quizás fuera en Praga, cuando pinté un cuadro invisible en un caballete que encontramos en una plaza donde había una catedral.
Cómo nos quisimos, acuérdate de cómo nos quisimos.
Hoy quise recordarte, rendirte homenaje sin que lo supieras, pensar en ti al pasar por el Pont d'Aleixandre III y sentirme tranquila al estar segura de que estás bien, que siempre lo estuviste, y que yo, después de todo, también lo estoy.
Cuántas chorradas se acumulan con el tiempo, ¿verdad?
Aún tengo aquella caja de lata con los dibujos que pintaste en las servilletas de los bares que nos vieron querernos. Parece mentira, que con el tiempo, todo pueda reducirse a una caja de lata debajo de mi cama de Madrid. Parece mentira que, con lo que te lloré, hoy te sonría, y con todo lo que me dolió la herida, hoy sólo quede esta costura tan fea; la etiqueta del precio que se paga por las cosas más bellas.
Hoy, 183 días después, tengo dos regalos para ti, si es que en algún día caes por aquí cuando yo no pueda saberlo. Dos, que estuvieron implícitos en mis 183 días, que seguirán en el 184 y en el 185, y que seguirán, también, el día en que ya no te escriba ni una carta más, cuando tu voz se diluya en el letargo del amanecer en otra cama, con otro alguien que se ría de mis despertares insoportables.
http://boppin.com/poets/prevert.htm
http://www.youtube.com/watch?v=Uffjii1hXzU&ob=av3n
C.
sábado, 29 de octubre de 2011
Poema de batalla
A veces me pregunto si te cuentan algo las sábanas que compartimos, si alguna vez chapurrean algo en un idioma inventado y se acuerdan de la contraseña que fijamos, atrincherados en lo que aquella noche fue un fuerte.
No lo sé. Te dejé un beso en la solapa del abrigo, y me fui.
No lo sé. Te dejé un beso en la solapa del abrigo, y me fui.
viernes, 7 de octubre de 2011
Las mismas manos
Una vez tuve dieciséis años.
Entonces también lloraba con las películas y me daba hipo cuando me reía a carcajadas. Tenía, quizás, un número menos de pie, y las mismas manos.
Tuve dieciséis años y las batallas propias de unos ojos ansiosos a devorar el mundo, las mismas que se pierden con el corazón en un puño.Y entonces, también pareció que ya no habría corazón,
ni puño.
Entonces también lloraba con las películas y me daba hipo cuando me reía a carcajadas. Tenía, quizás, un número menos de pie, y las mismas manos.
Tuve dieciséis años y las batallas propias de unos ojos ansiosos a devorar el mundo, las mismas que se pierden con el corazón en un puño.Y entonces, también pareció que ya no habría corazón,
ni puño.
Tuve dieciséis años y sigo teniendo el mismo grupo favorito, la misma habilidad para discutir lo indiscutible y la misma facilidad para arrepentirme sin acordarme de que, a veces, perdón llega demasiado tarde.
He sido igual de olvidadiza desde que tengo memoria.
He sido igual de olvidadiza desde que tengo memoria.
Con dieciséis años quise a veces, después quise a morir y después me enamoré.
El frío ha llegado a París y con él, el viento helado que se mete dentro del cuerpo y mece sin cuidado los sentimientos que conseguí acallar. Desde la Isla de San Luis se ve el reflejo de la luna en el Sena y los turistas cenan en las terrazas con bufanda. Y en el fondo les entiendo, porque yo tampoco querría perderme esta noche. Les entiendo, porque sigo adorando París aunque ahora sepa que hay tantos pájaros como ratas. Dejar de tener dieciséis años y darse cuenta de que, aunque se quiera, no siempre se puede volar lejos. A veces ni siquiera se puede volar.
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